martes, 17 de agosto de 2010

Catarsis

La mañana del 8 de octubre de 1992, transcurrió con bastante lentitud. A las 12:00 del mediodía me encontraba atrapada en un café en la Avenida Victoria, mirando cómo se deslizaban las gotas de lluvia por el vidrio de la ventana. La gente estaba amontonada en la puerta del establecimiento, y los empleados no permitían el acceso al local. Pedacitos de hielo comenzaron a caer encima de los carros y los relámpagos se apoderaron de la ciudad de Caracas. Era la tormenta más fuerte que había presenciado a mis 26 años de vida.
Tenía mucho frio, estaba sentada bajo el ventilador y había olvidado mi suéter en casa. Hurgando en mi bolso, encontré el periódico de ayer. No acostumbro a leer esquelas, pero estaba tan aburrida que decidí hacerlo. Entre publicaciones exageradas y deprimentes, observé en un pequeño recuadro el nombre de mi marido: “Q.E.P.D ... El velorio se celebrara el dia de mañana, Dios mediante, en el Velatorio de Altamira a las 2:00 pm”. Anonadada, tomé mi bolso y abandoné la cafetería.
Caminé varios minutos sin rumbo fijo, con los tacones mojados y millones de nudos en la garganta. Tenía tanto tiempo sin saber de él. Siempre imaginé que moriría antes que yo, pero no tan pronto, ni tampoco que me enteraría de ésta manera. Exactamente 2 años sin verlo y todavía lo extrañaba. No podía olvidarlo, tenía su nombre tatuado en la mente y una cicatriz en la pierna que me dejó antes de partir.
Después de un rato, me senté en la acera y permanecí inmóvil, sin poder vislumbrar nada por el aguacero. Me golpeé ambos ojos, repetidas veces, con los puños cerrados y comencé a gritar. Las lágrimas brotaron y la lluvia las desapareció: Eras tú, esposo mío, escapando de mi corazón, perdiéndote para siempre, dilapidando cualquier posibilidad de volver a mí. Ningún taxi pasaba, y yo comenzaba a desesperarme. No tenía carro, porque era suyo. Recordé, la última vez que lo vi:
Recordé como a ciegas, los sentidos se agudizan y los dolores cotidianos se vuelven insoportables. Llegaste y apenas pudiste abrir la cerradura de la puerta. Yo estaba sentada en la oscuridad, esperándote, borracha y melancólica. Me besaste suavemente en los labios. Hedías a ron, y por la manera en que temblabas, sabía que te habías drogado. Te aparté, y torpemente me dirigí hacia la puerta que habías dejado abierta. “Ya me voy” te dije, mientras sostenía mi pequeña maleta negra. Te acercaste y, despojándome de mis pertenencias, te me abalanzaste encima intentando ahorcarme. Te empujé hacia el comedor y me levanté de inmediato. Gritaste que me odiabas mientras me iba. Me detuve a mirarte por última vez, y, a rastras, tomaste mi tobillo y me abriste con tu navaja preferida. Cerré la puerta, lastimando tu mano, y corrí hacia la calle.
Por fin un taxi arribó. Lo abordé inmediatamente. Después de 30 minutos, llegué al velatorio, empapada y temblorosa. Al entrar, visualicé a su madre. Estaba parada frente a mí, a unos cuantos pasos. Permanecimos varios segundos observándonos, inmóviles, y luego corrí a abrazarla. Mientras sollozaba en su hombro, pude olerla. Estaba demacrada, ya no poseía aquella pulcritud característica. Sus labios resecos susurraron con dificultad: “Entra a la habitación, hay algo para ti”.
En la habitación encontré un sobre amarillo tamaño carta. Llevaba escrito mi nombre, con una letra muy parecida a la de mi marido: Marielisa, Perdónalo, se leía. Revisé el contenido, y debajo de aquella insignificante nota, escribí:
“Sra. L:
Gracias por devolverme las fotos, pero no las quiero. Puede conservarlas, destruirlas u olvidarlas, como hice yo. Gracias por las hojas en blanco que depositó en el sobre, es sensacional poder escribir en este momento, junto a él, acerca de él. Esto si voy a conservarlo. Muchas Gracias, también, por incluir la palabra perdón, la que él nunca pudo decirme y que nunca me dirá.
PD: Por cierto, perdóneme usted a mí. Estaba embarazada cuando me fui, pero aborté. Sé lo mucho que quería ser abuela, pero yo solo deseaba no tener que verlo más. Inevitablemente en aquel infante iba a estar reflejado su rostro, su carácter y su esencia.”

Dejé el sobre en la cama y me fui del lugar sin despedirme. Sin siquiera mirarlo en el ataúd. Afuera la lluvia había cesado, y un enorme arcoíris se posó en el cielo. Caminé por las calles de Altamira sintiéndome libre. (Esto no está escrito en las hojas).

3 comentarios:

  1. Tienes una capacidad increíble para no tocar los típicos lugares comunes... Me parece genial.
    :)
    Ya no tienes ese bloqueo, ¿no? ¡Sigue escribiendo, mujer!

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  2. Me encanta, las catarsis son tan, no sabría describirlas, pero es algo completamente positivo. :D

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