jueves, 25 de noviembre de 2010

Sopa de gallina

Avakiano, toma:

El recuerdo más perturbador de mi infancia es el momento en el que mi madre me enseñó la receta de la sopa de gallina. Ese día me levanté mucho más temprano que de costumbre, sin hacer ningún ruido porque mi hermano seguía durmiendo. Los gallos habían cantado y en el hato la gente ya estaba trabajando. Mi mamá era cocinera y mi papá arreaba el ganado. Vivíamos los cuatro en un pequeño anexo dentro de las instalaciones. Como dije, me levanté y me dirigí hacia la casa principal, buscando a mamá. Al llegar, me detuve en la puerta.
La vi flexionada, intentando atrapar a una gallina que revoloteaba por la cocina. Ver a mamá correteando detrás de un animal mucho más pequeño que ella me causó bastante gracia, comencé a reír. Por fin la atrapó. En cuestión de segundos, la colocó entre sus piernas y tomó el cuello del animal con ambas manos. Lo retorció de un movimiento apresurado y le arrancó la cabeza. Permanecí inmóvil en el marco de la puerta y comencé a llorar desesperadamente. Mi mamá colocó al animal en el fregadero y empezó a llenar un tobo de agua caliente. Viendo cómo aún se movía, intenté rescatarlo. Al verme, ella me detuvo: “Ya está muerto”, me dijo.

Anonadada, me senté en una esquina mientras secaba mis ojos con ambas manos. Cuando pensé que todo había culminado, mi mamá volvió a tomar el cuerpo del animal y lo sumergió dentro del tobo de agua. Permanecí de nuevo inmóvil. Ella encendió el radio, comenzó a cantar mientras limpiaba la sangre que habia salpicado en el mesón. Yo veía el humo que salía del tobo y continuaba sollozando. Después de algunos minutos, tomó el cadáver y lo guindó de las vigas del techo, con un pequeño mecate que lo sostenía por las patas. Me sentía confundida, ¿Por qué le había hecho eso a la gallina? ¿Tanto le había molestado que hubiera entrado en su cocina?

La música sonaba más fuerte. Mi mamá comenzó a despellejar al animal. Yo bajé la mirada y observé cómo las plumas escurridas caían a sus pies. Se detuvo. De nuevo, parecía que todo había terminado. Pero antes de poder afirmarlo, ella tomó un cuchillo y despedazó el cuerpo del animal. Chorros de sangre y pedazos de piel se acumulaban en el mesón de la cocina. Yo seguía confundida. No podía moverme, no podía pararme de aquella esquina sin recibir alguna explicación.

Mi madre volteó hacia a mí y me observó sentada temblorosa, con las rodillas en mi pecho, bordeadas por mis brazos. Soltó el cuchillo, se limpió las manos en el delantal y se acercó. Tenía miedo, pensé que también se había molestado conmigo por haber entrado a su cocina. Ella simplemente se acercó, tomó mis manos y me dijo: “Cuando seas grande, también haras la mejor sopa de gallina de todas”.


2 comentarios:

  1. me encanto! divina tu descripción, excelente interpretación infantil, la inocencia ante el holocausto y la indiferencia ante la comida... sin embargo, me hubiese gustado mas veneno jajaja (mentira)!

    tenias razón! me encanto!

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  2. Es cruel ver como decapitan, despellejan y desangran a un pobre animal. Y el remate fue desmoralizador: “Cuando seas grande, también haras la mejor sopa de gallina de todas"
    Buen trabajo.

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