martes, 7 de junio de 2011

Invisible

Cuando empecé a sentir que me desvanecía, me levanté. Nadie pareció notar que me iba. Pasé detrás de las sillas y caminé por el pasillo. Solo. Iluminado, pero solo. Aumentó la presión sanguínea, lo sé, pero yo sentí que mis partículas, mi composición, desaparecían. Y que mi cuerpo se me iba. Y que yo me quedaba sola, conmigo, vagando, sin cuerpo y sin posibilidad de regresar.

Necesitaba que me vieran, pero no encontraba a nadie. Vi a un par de desconocidos, pero no se inmutaron en mi presencia. Continuaron hablando, como si nada pasó. Como si nadie pasó. Como si el viento pasó y ya.

Tenía un nudo en la garganta, uno hecho de cuerdas de fibras gruesas y astilladas que me producían ganas de vomitar. ¿Y cómo me voy a mi casa con la camisa llena de vomito? Atravesé los jardines empapados de la lluvia anterior y caminé por las canchas de tenis. Oscuras y llenas de mosquitos.

La luz se reflectó en mi cara, vi a un par de conocidos. No me saludaron, no sé si me vieron. Ya estaba llorando. Continué mi camino. Empecé a gritar, a morderme los puños y a preguntar por qué. 

El flujo de las personas aumentó. El camino se volvió turbio, ajetreado y concurrido. La gente caminaba a mis lados, sin notarme. Llegué a la plaza. Escuché la música y un perro tropezó conmigo. O aquello me pareció, porque no llegó a tocarme y se devolvió sin siquiera dedicarme un ladrido.

Las lágrimas quemaban mi rostro como si estuviesen hechas de aceite hirviendo. De aceite sucio, usado, que provenía de mi alma y que nunca podría limpiarse. Lleno de residuos negros, rugosos e infinitos. Aceite, pero nadie parecía notarlo.

Ni siquiera los carros llegaron a estar cerca de mí. Ni las motos, con su desespero. Me habían dado una pasarela de pavimento, y yo caminaba en ella, sin público, sin prisas, sin aplausos, sin vida. Volví a morderme los puños, o mejor dicho, el dedo índice de mi mano derecha mientras la colocaba en forma de puño en mi boca.

Los torniquetes del metro se vieron vacios. Yo pasé por otra puerta: la de los imposibilitados, la del personal operativo, la de los invisibles; pero ni siquiera ella pareció recibirme. Entré como quien lo hace por casualidad, aprovechando la oportunidad, sin ser invitado. Callada. Marchita.

Comencé a creer que no existía, y efectivamente no existía. Entré al vagón sin ningún rose, me senté en un puesto que permanecía vacío desde el viaje anterior. Como si me hubiese estado esperando, porque él también era invisible.

Me coloqué el bolso en el pecho y las piernas en posición fetal. Los murmullos de los pasajeros ahogaban mi respiración agitada, agitada apropósito. Entonces la aumenté. Entonces nadie escuchó. Y ya cansada de rogar, permití que los fluidos se dispararan, sin importar si el vomito se colaba entre ellos. Quería compasión, pero nada. No salió nada. Ni el vomito, ni la compasión, ni la vida. Ni yo. No existo. Soy invisible.

2 comentarios:

  1. Muy muy buena!! Me encanto como uno llega a sentir la misma desesperacion miestras va leyendo!!
    Saludos!
    Vic.

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  2. Mira, chica, el sentimiento de invisibilidad debe ser contagioso. Por ahí debo tener un escrito viejísimo que tiene una idea muy parecida a la tuya, pero nunca me he animado a publicarlo.

    Me gustó :)

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